La caída del sol es más breve en los trópicos que aquí en el Sur; no obstante, hace cincuenta años sentimos que la noche nos cayó de repente. Con el diario del lunes, y más con el del lunes después de medio siglo, vemos que no debía sorprendernos, que el ocaso tenía más de dos décadas, que había comenzado el 16 de junio de 1955, cuando pasamos a ser la primera capital de América bombardeada desde el aire, que después de esa fecha todo había ido in crescendo hasta llegar a noche cerrada, a la oscuridad de los Falcon verdes, a la degradación del Estado para convertirse en secuestrador, torturador y asesino. En realidad, era el final previsible de un largo ocaso de odio y también de intereses, porque la noche venía acompañada por la figura tristona de Martínez de Hoz, que inauguraba un fenómeno cíclico que se repetiría hasta el presente.
Antes de la caída total de la noche, muchos pensaron que María Estela Martínez de Perón podía terminar su mandato, pues no faltaba mucho para las elecciones, podía ser electo Luder o Balbín, podía amainar el odio, bajar su nivel, pero no fue así, había designios que superaban el escaso poder de la pobre política local y, como siempre, la historia no se escribe con potenciales y terminó de caer la noche, decidida lejos de nuestro Sur: se había inyectado y había prendido el delirio de la llamada doctrina de la seguridad nacional, es decir, un disparate que alucinaba la tercera guerra mundial, en la que éramos uno de los supuestos campos de batalla, donde debían defenderse unos indefinidos valores occidentales frente al marxismo, como si Marx hubiera sido chino, todo lo cual se estudiaba en los manuales norteamericanos simplificados de los franceses colonialistas de Argelia. Estos últimos criminales, a cuyas atrocidades puso fin Charles De Gaulle, porque le estaban quebrando las finanzas francesas y a quienes los defensores de occidente quisieron matar, considerándolo traidor, desde años antes incluso nos hacían el honor de tener una misión permanente en nuestro Ministerio de Defensa.
Cuando en un país las llamadas eufemísticamente fuerzas del orden se vuelven agentes del desorden, cuando se supone que quienes deben cuidar nuestra vida se convierten en quienes se atribuyen el poder de privarnos de ella arbitrariamente, cuando se ejerce el llamado poder punitivo subterráneo, con desapariciones forzadas, ejecuciones sin proceso, torturas, secuestro de niños, botines de guerra, es decir, se regresa hasta más atrás de las inquisiciones de medio milenio antes, todo se hunde en el caos y la anomia: llega la noche, el desconcierto en medio del odio desenfrenado.
No obstante, es triste recordar –pero debemos hacerlo- las calcomanías cínicas que decían Los argentinos somos derechos y humanos en los parabrisas de los automóviles, no solo en los de los taxistas, que eran obligados, sino en los de muchos otros. En todo genocidio hay quienes no sienten el peligro porque se consideran inmunes, obviamente, hasta que les llega.
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Y el final no fue precisamente a toda orquesta, sino que se hundió el escenario cuando se rompió la viga maestra pergeñada por la figura tristona antes mencionada: se terminó la plata dulce, el dólar barato y el deme dos de la clase media turista. Allí se les ocurrió despertar el sentimiento de soberanía nacional y ocultar el desastre provocando la guerra de Malvinas, donde hicieron gala de incapacidad técnica, ocultaron la información acerca de las vidas de nuestros muchachos y de algún patriota, regalándole a la baronesa Mrs. Tatcher su venturoso futuro electoral. Y el etílico responsable máximo minimizó todo diciendo que había costado menos vidas que las de las víctimas de accidentes de tránsito, iniciando de este modo la cuestión de contabilidad cadavérica que se pretende esgrimir como argumento hasta el presente.
Volver los ojos al pasado es importantísimo, o sea, no perder la memoria, reforzarla, recuperar el pasado, recordar, especialmente en momentos en que se pretende opacarla, negar lo sucedido, aprovechando que las nuevas generaciones no han vivenciado la noche siniestra de la dictadura. Recordar todo esto a nuestras generaciones actuales es un ineludible deber cívico, es decir, de todos los ciudadanos, para alertarnos, no solo a los jóvenes, sino también a los no jóvenes, para que no olvidemos, para que nunca más se repita
Recordar es una palabra que proviene del latín recordari, de re (otra vez) y cordis (corazón). Los romanos asociaban el recuerdo al corazón, al sentimiento, y traer a la consciencia algo del pasado no es gratuito, es volver a vivenciarlo o a transmitir su vivencia, el recuerdo no se agota en el intelecto, sino que también está íntimamente asociado a lo afectivo, a la esfera emocional. No en vano en portugués acordar significa despertar, quizá también en el sentido de volver a ligar, a unir y, justamente es eso a lo que debemos proveer a la hora de la memoria, a recordar la noche, la vivencia de la noche para quienes no la vivieron, despertarlos ante riesgos presentes o futuros.
Decimos riesgos presentes o futuros en momentos en que cunden los llamados discursos de odio, hasta ahora casi reducidos a eso, a discursos, pero no es inofensivo, porque sin discurso no es posible ejercer el poder, razón por la cual los dictadores, que saben de poder, cuidan los discursos. No nos olvidemos de la persecución y quema de libros, no de la Plaza de la Ópera de Berlín en 1933, sino del millón y medio de ejemplares del Centro Editor de América Latina en 1980, o sea, de unas 24 toneladas de material destruido en Sarandí, ni tampoco de quienes quemaban o enterraban libros por temor a allanamientos clandestinos y que los ficharan por la simple tenencia de esos volúmenes.
Hoy se habla de la batalla cultural y se hacen afirmaciones y valoraciones bastante discutibles, a veces con una sobrecarga de exagerado pesimismo, cuando en verdad se trata de discursos de odio que siempre reaparecen en los momentos de decadencia civilizatoria como el presente. Lo que en verdad es peligroso es que los discursos de odio pueden preceder a la violencia abierta, que es de lo que debemos cuidarnos. Las acciones más o menos histriónicas, los gestos grotescos, la exhibición de la ignorancia grosera, las mentiras descaradas, no son nada saludables en la política, pero por sí mismas no tienen consecuencias graves en el directo sentido de letales, solo pueden tenerla como antesala de la violencia, que bien puede iniciar otro largo ocaso, que es indispensable evitar o neutralizar.
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El problema es que tampoco la actual confusión discursiva de odio disparado y a veces disparatado se inicia entre nosotros, sino que viene importada desde el Norte, igual que en su momento lo fue el disparate de la llamada doctrina de la seguridad nacional, pero ahora no es Henry Kissinger sino el propio Trump quien, curiosamente, pretende asumir en forma clara y expresa el rol de un nuevo Stalin y convertir a todos los países de nuestra América en Estados satélites, reinstalando algo así como las prácticas propias de la vieja invasión a Hungría o unas nuevas primaveras de Praga. Poco importa que el discurso de Stalin y Brezhnev afirmaba ser marxista y el de Trump afirma que el marxista era Lord Keynes, porque estos contenidos discursivos que legitiman poder son siempre detalles menores, dado que lo importante es el odio, la incapacidad de diálogo que pone en evidencia una bien definida predisposición antidemocrática.
Por cierto, es en esto último donde debemos poner suma atención al recordar este cincuentenario. La analogía del discurso de seguridad nacional y el del anarcocapitalismo no se agota en que ambos provienen del Norte, en que desde el punto de vista de su grado de elaboración teórica son harto pobres y, en definitiva, en que están por completo huecos de racionalidad, sino también en algo que es de extrema importancia como alerta.
Veamos: ante todo, la seguridad nacional vino de la mano con la figura tristona que inventó la tablita que al fin produjo el desastre que acabó en la guerra de Malvinas; el anarcocapitalismo llega con sus discípulos, que son figuras más decadentes e histriónicas, a juzgar por sus inusitadas mentiras y sus tilingadas baratas, como alardear de comprar su ropa en el extranjero. Por lo menos, Martínez de Hoz conservaba cierta pose de clase –oligárquica- que le impedía caer en lo tragicómico. Pero en segundo lugar –y esto es bien alarmante- es que ambos discursos construyen un enemigo al que aniquilar, es decir, que comparten la definición de la esencia de la política de Carl Schmitt, el perverso Kronjurist del Dritte Reich, que dio forma definitiva a esta definición en un discurso pronunciado en la universidad franquista, donde sintetizaba y postulaba la versión originaria francesa argelina de la seguridad nacional y defendía a quien había planificado justamente el atentado a De Gaulle.
Sean los comunistas del trapo rojo, Lord Keynes, los cucas o el peronismo, ambos discursos hablan de aniquilamiento, de entierro, de erradicación. Esto es lo peligroso, lo que debemos aprender de la experiencia de hace medio siglo y transmitir a las nuevas generaciones. Debemos prevenir para que no nos sorprenda la noche por no haber visto antes un largo ocaso y, para eso estamos a tiempo, pues por ahora son discursos, pero las alharacas punitivistas de una ministra y senadora que pasó por todos los colores y matices políticos, nunca muy pacíficos, ya ha causado muertos y heridos, aunque no se compara con el comienzo de brutal criminalidad del anterior ocaso.
Es verdad que ahora la confusión la aumenta la comunicación y los nuevos medios, pues la tecnología comunicacional ha cambiado y el desconcierto se produce mediáticamente, inconscientemente se baja la guardia frente a evidentes mentiras, como mecanismo de huida a la angustia de la anomia, y lo cierto es que la oposición no ha producido un proyecto de sociedad mejor que impacte lo emocional, que genere una nueva mística comunitaria de superación.
Amílcar Cabral advirtió que todo cambio comienza con lo emocional, aunque nuestra pretensión de racionalidad lo envase luego en términos intelectuales y, por cierto, esto nos está faltando. Pero, aunque las patas de la mentira sean hoy un poco más largas, llega el día en que estas no alcanzan, no es posible la mentira indefinida, eterna, y no sabemos qué reacciones puede provocar el desengaño. Es urgente mostrar proyectos, porque como escribió el Papa Francisco, esto no se sostiene. La destrucción de la función providente del Estado y la compensación con el reforzamiento de su aparato represivo, es decir, el paso del Estado providente al Estado represor, puede anunciar el comienzo de un nuevo ocaso. El recuerdo de este cincuentenario debe servir para alertarnos y que no nos sorprenda una nueva caída de la noche: debemos reavivar la llama de la imaginación política y frente al creciente desconcierto proyectar el futuro superador.
* El autor es profesor emérito de la UBA y director del Instituto Fray Bartolomé de las Casas (IFBC).
* Artículo publicado originalmente en la revista La Tecl@ Eñe.


